JUSTICIA Y PAZ

EN LA IGLESIA Y EN LA ORDEN FRANCISCANA

Vicente Felipe ofm

 

 

 

Introducción

 

Como esta sección de la revista se titula TESTIMONIO, comenzaré mi reflexión con algunos apuntes autobiográficos.

En 1984 los Ministros Provinciales OFM de España me nombraron Delegado de Justicia y Paz de la Conferencia Hispano-Portuguesa OFM. Les llevó a ello, por un lado, el que desde la Curia General pidieran a todas las Conferencias y a las Provincias que nombraran Delegados que animaran y promovieran estos valores en la vida y actividad de los hermanos. Y por otro lado, el saber de mis preocupaciones por estos campos, que me habían llevado a organizar, un sábado por la tarde al mes, en Alcorcón (Madrid), donde entonces vivía, un ÒSilencio por la pazÓ, junto a otras personas que formábamos parte de un colectivo llamado ÒCristianos por la pazÓ. Ese ÒsilencioÓ consistía en ponernos encartelados en la Calle Mayor Ðnaturalmente en silencio para interiorizar lo que hacíamos e incluso para orar- y en repartir a la gente que pasaba una hoja explicando las frases de nuestros carteles que hacían alusión a problemas de actualidad ante los que tomábamos postura.

En aquellos años, desde ÒCristianos por la pazÓ, y desde la Pastoral juvenil que yo coordinaba en nuestra parroquia franciscana, trabajábamos también a favor de la objeción de conciencia y para que se convocara el referendum sobre la OTAN.

Estas preocupaciones mías de aquel momento, que me han seguido acompañando hasta ahora y que me seguirán acompañando en el futuro, venían de lejos, desde los años de mi formación. Estudié la teología en los años 1971-1976. Años claramente postconciliares, es decir, años en los que la Iglesia estaba marcada por una de las grandes preocupaciones del Concilio Vaticano II: abrirse al mundo, ponerse al servicio del mundo

            Tanto en aquellos primeros años 70 como a lo largo de mis veintitrés años de ministerio pastoral en parroquias, constataba, y todavía constato, que la vida cristiana estaba organizada en gran medida sobre unas categorías que no me casaban con la imagen de Dios que se desprendía de mi estudio y meditación de la Biblia: El Dios creador que nos hace a su imagen y semejanza (ahí reside la dignidad inviolable de todo ser humano), y nos encarga cuidar y desarrollar la tierra para que sirva al crecimiento y la plenitud de todos los seres humanos; el Dios liberador del ƒxodo, que interpela la conciencia de las personas a favor de los oprimidos; el Dios de los profetas, defensor de los pobres, que llama a su pueblo a ser fiel a la Alianza viviendo las relaciones de justicia y la defensa de los débiles; el Dios que hace justicia a los oprimidos (tema frecuente en los salmos: Sal 9, 10.13; 10,14.17.18; 40,18; 72,12-14; 76,10; 103,6); el Dios que camina con su pueblo conduciéndole hacia las promesas de Paz, es decir, de plenitud de vida en todas sus dimensiones (promesas de paz a las que llama también a todos los pueblos (cf. Is 2,2-4; 9,1-4.6; 32,15-18; 60,17-18; Miq 4,1-4); el Dios de Jesús de Nazaret, que ha venido para que todos tengamos ya aquí vida en abundancia; el Dios del Reino (el Reino de Dios es un modo de existencia y convivencia marcado por unas relaciones justas, pacíficas y amorosas); el Dios que nos juzgará no por lo que hayamos dicho o dejado de decir de ƒl, sino por nuestro comportamiento con los pobres

 

 

1.     Religión ontológico-cultualista y religión ético-profética

 

            Cuando yo miraba al mundo (y miro), por los medios de comunicación, por las lecturas, por el roce de la vida cotidiana, lo que veía (y veo) son más de mil millones de personas viviendo y muriendo en la pobreza absoluta, guerras en varios puntos del planeta, decenas de millones de prófugos y refugiados, graves violaciones de los derechos humanos en muchos países, enormes gastos en la carrera de armamentos que no se dedican al desarrollo humano, ocho millones de pobres en nuestro país: parados, drogadictos, enfermos de sida, menores marginados, ancianos, inmigrantes, presos etc. (también veo muchas cosas positivas, evidentemente).

            Y ante ese panorama Àqué hace el Pueblo de Dios: clero, religiosos y laicos? ÀEn qué emplea su tiempo y sus energías? Mayormente en la catequesis y en el culto. En el párrafo anterior he elencado un abanico de campos en la mayoría de los cuales no se trabaja en nuestras parroquias, y no porque en muchas de ellas no se den la mayoría de estos problemas, sino porque se dice que no hay personas para atender a todo. Pero Àpor qué hay tan pocas personas dedicadas a la acción social? ÀCuáles son los objetivos de la formación de jóvenes y adultos?

            Lo que decía antes: veo un desfase entre lo que encuentro en la Biblia, entre la actuación de Jesús en el Evangelio y lo que hacemos los cristianos. Y no por aquello de que todos somos débiles e incoherentes sino por algo más estructural, porque seguimos instalados en gran medida en lo que hace años José M» Díez Alegría llamaba la religión ontológico-cultualista en contraposición a la religión bíblica que es una religión ético-profética[1]. Esa distinción y ese análisis de Díez Alegría me iluminaron en su día y creo que siguen siendo vigentes.

 

1.1. Religión ontológico-cultualista (La describo resumiendo lo de Díez Alegría)

 

á      Concepción circular de la historia (de ahí el peso de los tiempos litúrgicos que siguen el ciclo de las estaciones). No hay un sentido de la historia hacia una finalidad, una plenitud, capaz de responder a los anhelos del hombre. Es una concepción pesimista: no hay salida para el hombre en el círculo cerrado del tiempo y de la historia.

á      La salida, la salvación, la encuentra el hombre en la identificación cultual con Dios, realizada en un misterio litúrgico.

á      Esa salvación es individual. La historia, la aventura humana colectiva, es irredimible. Hay que aceptarla como es y evadirse de ella, mediante la religión cultual, hacia una salvación absolutamente meta-histórica.

á      En ese tipo de religiosidad Dios es alguien con el que podemos relacionarnos sin que nos pregunte por nuestros hermanos o nos reclame por la libertad de los oprimidos.

á      En ese tipo de religiosidad hay una separación entre lo sagrado (Òlo religiosoÓ) y lo profano. Hay lugares sagrados, días sagrados, personas sagradas, objetos sagrados. El encuentro con dios se produce en esos lugares y días y al contacto con esas personas y objetos, es decir, fundamentalmente en el culto.

á      La fe consiste en la aceptación de unas fórmulas doctrinales, en el cumplimiento de unas tradiciones y unas leyes y en el culto a Dios. Ese Dios puede plantear exigencias morales respecto al hombre, particularmente en las relaciones interpersonales (no en la sociales e históricas), pero son adjetivas.

 

1.2. Religión ético-profética

 

La religión bíblica del antiguo Israel y la religión de Jesús y de los primeros cristianos tal como la encontramos en el Nuevo Testamento es de tipo ético-profético:

á      Tiene una concepción rectilínea del tiempo histórico. La historia camina hacia un cumplimiento y ese cumplimiento depende también de nosotros. El Reino de Dios puede llegar a su plenitud antes o después, dependiendo de nuestras opciones y comportamientos históricos.

á      Dios es liberador y llama a la liberación, la cual tiene una dimensión histórica (cf. Ex 3, 7-10)

á      La exigencia fundamental de este tipo de religión es el amor al prójimo que lleva al compromiso por la justicia y la liberación. ÒLa religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundoÓ (Sant 1,27)

á      Esto se ve claro en el mensaje de los profetas que condenan el cultualismo, hasta el punto que su mensaje se puede reducir a estos dos temas: la denuncia y el rechazo de un culto que convive tranquilamente con la injusticia social, y la igualmente fuerte denuncia y rechazo de un sincretismo religioso que unía el culto de Yahvé con el culto de los baales.

El rechazo enérgico de un culto aliado a la injusticia es un tema muy frecuente en los profetas. Recordemos Amós 5, 21-24:

 

ÒDetesto, desprecio vuestras fiestas, me disgustan vuestras solemnidades.

Me presentáis holocaustos y ofrendas pero yo no los acepto,

ni me complazco en mirar vuestros sacrificios de novillos cebados.

Apartad de mi el ruido de vuestros cánticos,

no quiero oír más el son de vuestras arpas.

Haced que el derecho fluya como agua

y la justicia como río inagotableÓ

 

Otros textos que se pueden ver son: Jer 6,18-21; 7,4-11.21-23; Is 1,10-17; 43,23-24; 58,1-10; Os 5,1-2.6; 6,6; 8,13; Am 4,4-5; Miq 6,6-8.

 

á      La predicación de Jesús se sitúa en esa misma dirección. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios como Buena Noticia de salvación liberadora para los pobres. En su presentación programática en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16 ss.) se aplica a sí mismo el oráculo de Isaías 61,1-2:

ÒEl espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres;

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos,

a libertar a los oprimidos

y a proclamar un año de gracia del SeñorÓ.

 

Y lo mismo responde a los discípulos del Bautista que se acercan a preguntarle si es él el Mesías esperado (cf. Mt 11,2-6)

 

á      Todo el Nuevo Testamento está orientado a la religiosidad ético-profética. Véase la claridad con que lo expresa la 1» Carta de S. Juan:

ÒLa distinción entre los hijos de Dios y los del diablo es ésta: quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de DiosÓ (1Jn 3,10)

ÒQueridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amorÓ (1Jn 4,7-8)

 

(Se puede ver también 1Jn 2,3-4.9-10; 4,12.20)

 

á      En la religión ético-profética el culto es para el amor y la justicia. El culto o es expresión del amor y la justicia vividos o es plegaria a Dios para que convierta nuestro corazón al amor y la justicia. El amor al prójimo es la señal del amor a Dios. No se puede amar al Dios invisible si no se ama al hombre visible, pero al hombre ÒsituadoÓ en unas circunstancias económicas, sociales y culturales que le pueden oprimir e impedirle vivir con dignidad. Por lo que el amor no puede evitar el plantearse el problema de la justicia y de la liberación. A Cristo se le encuentra en los oprimidos a quienes se trabaja por liberar, y no en otra parte, como se nos dice en la parábola del juicio final (cf. Mt 25,31-46).

 

Todo esto lo resumía así el Sínodo de los Obispos de 1971 en su documento sobre ÒLa justicia en el mundoÓ:

ÒEn el Antiguo Testamento, Dios se nos revela a sí mismo como el liberador de los oprimidos y el defensor de los pobres, exigiendo a los hombres la fe en ƒl y la justicia para con el prójimo. Sólo en la observancia de los deberes de justicia se reconoce verdaderamente al Dios liberador de los oprimidosÓ

ÒCristo, con su acción y su doctrina, unió indisolublemente la relación del hombre con Dios y con los demás hombres. Cristo vivió su existencia en el mundo como una donación radical de Sí mismo a Dios para la salvación y la liberación de los hombres. Con su predicación proclamó la paternidad de Dios hacia todos los hombres y la intervención de la justicia divina a favor de los pobres y oprimidos (Lc 6,21-23). De esta manera, Cristo mismo se hizo solidario con estos sus Ôpequeños hermanosÕ, hasta llegar a afirmar: ÔCuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteisÕ (Mt 25,40)Ó.

 

            Si me he detenido tanto en esta parte es porque esa visión, además de que refleja mis preocupaciones y mi manera de entender y vivir la fe en Jesucristo y en el Dios de Jesucristo, fundamenta el compromiso cristiano por la justicia y la paz, compromiso que surge de la entraña misma de la fe en el Dios bíblico, en el Dios de Jesús. Ese compromiso Òdebe situarse en el ámbito estrictamente teologal, al estar esencialmente vinculado a la afirmación misma del Dios bíblicoÓ[2]

            A mí me parece muy importante partir de aquí por dos razones. En primer lugar para que se entienda que el trabajar por esos valores de la justicia y la paz no es algo opcional para los cristianos, puesto que forman parte esencial del Evangelio. En segundo lugar, para que se entienda y se viva el compromiso por la justicia y la paz no como algo ideológico, sino como experiencia creyente. De modo que en estos campos en los que los creyentes coincidimos trabajando junto con no creyentes de buena voluntad, lo específico cristiano es que en ese compromiso hacemos la experiencia de Dios que actúa y salva en la historia y que nos llama a colaborar con ƒl

 

2.     Hacia una Iglesia preocupada por la justicia y la paz

 

            Sabido es el cambio tan grande que el Concilio supuso para la Iglesia en todos sus ámbitos. Pero todos los cambios en la espiritualidad, en la idea de salvación, en la autocomprensión de la Iglesia, en su manera de situarse ante el mundo y en el modo de entender su misión, tienen su raíz en la vuelta a la Sagrada Escritura y en la imagen que allí se nos revela: Un Dios preocupado de los hombres, que está actuando permanentemente por su Espíritu en todos los hombres, religiones y culturas, un Dios que se ha encarnado, que se ha metido en las entrañas del mundo compartiendo todas sus miserias, que nos acompaña en todos nuestros trabajos, afanes, búsquedas. Es decir, un Dios fiel al mundo. Es este modo de actuar de Dios el que ha llevado a la Iglesia a cambiar su actitud respecto al mundo, la historia y lo social. Ya no será la huida, la sospecha o la indiferencia, como si lo que pasa en el orden político, económico o social no tuviera que ver con la vivencia de nuestra fe y con la misión recibida de Cristo. La nueva actitud de la Iglesia, expresada particularmente en Gaudium et Spes, es de valoración positiva del mundo, puesto que ha sido creado por Dios, redimido por Cristo y llamado a la plenitud, y valoración de la realidad histórica, puesto que en ella se revela Dios salvando a los hombres. Por lo tanto los cristianos tienen que estar al servicio del mundo, para la construcción del Reino.

 

Después de Gaudium et Spes, muchos documentos de la Iglesia han ido explicando lo que se dijo en el Sínodo de los Obispos de 1971: que el trabajo por la justicia y la paz Òy la participación en la transformación del mundo aparecen plenamente a nuestros ojos como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, que es la misión de la Iglesia para la redención de la humanidad y su liberación de toda situación de opresiónÓ (La justicia en el mundo).

Habría que recordar entre esos documentos Evangelii Nuntiandi en donde se establece la relación entre salvación y liberación y entre evangelización y promoción humana Ðdesarrollo, liberación-, de los que se dice que les unen lazos muy fuertes de orden antropológico, de orden teológico y de orden evangélico (ver nn. 9, 29, 31); y Redemptoris Missio que dice que ÒLa liberación y la salvación que el reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritualÓ (n. 15).

 

3.     PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ

 

Hasta ahora hemos hablado de justicia y paz como de valores importantes que forman parte del mensaje del Evangelio y son componentes del Reino de Dios. Ahora daremos un nuevo paso para explicar qué es la institución eclesial JUSTICIA Y PAZ, que Pablo VI instituyó para fomentar en la Iglesia la vivencia y el compromiso en favor de esos valores evangélicos.

 

3.1. Origen de JUSTICIA Y PAZ

 

            El Concilio Vaticano II, que era consciente de absentismo de la mayor parte del Pueblo de Dios en el campo social, formuló abiertamente el auspicio de que fuera creado Òun organismo universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica para promover el desarrollo de los países pobres y la justicia social internacionalÓ (GS 90). Y para responder adecuadamente a este deseo Pablo VI instituyó, con un Motu Proprio publicado el 6 de enero de 1967 (Catholicam Christi Ecclesiam), la Pontificia Comisión ÒJustitia et PaxÓ.

            Después de un período experimental de diez años de duración, el mismo Pablo VI, con un nuevo Motu Proprio (Justitiam et Pacem), del 10 de diciembre de 1976, dio a la Comisión su mandato definitivo.

            Al momento de la reorganización de la Curia Romana, efectuada por la Constitución Apostólica Pastor Bonus, del 28 de junio de 1988, el Papa Juan Pablo II transformó la Pontificia Comisión en Pontificio Consejo Justicia y Paz, ratificándole a grandes líneas sus funciones.

 

3.2. Finalidad y Mandato

 

            La finalidad y el mandato del Pontificio Consejo están por tanto definidos, en modo sintético y preciso, en la Pastor Bonus. cuyo texto se propone a continuación:

            ÒEl consejo tiene como finalidad promover la justicia y la paz en el mundo según el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia (art. 142)

 

            1. Profundiza la doctrina social de la Iglesia, trabajando para que se difunda ampliamente y se aplique entre los hombres y comunidades, especialmente en lo que se refiere a que las relaciones entre obreros y empresarios se impregnen más y más del espíritu del Evangelio.

 

            2. Recoge informaciones y resultados de encuestas sobre la justicia y la paz, el desarrollo de los pueblos y las violaciones de los derechos humanos, los evalúa y, según los casos, comunica a las asambleas de obispos las conclusiones obtenidas; fomenta las relaciones con las asociaciones católicas internacionales y con otras instituciones existentes, incluso fuera de la Iglesia católica, que trabajen sinceramente por alcanzar los bienes de la justicia y de la paz en el mundo.

 

            3. Trabaja con afán para que se forme entre los pueblos una sensibilidad respecto al deber de promover la paz, especialmente con ocasión de la Jornada para lograr la Paz en el mundo (art. 143)

 

3.3. Campos de acción

 

            Tarea prioritaria del Pontificio Consejo es el estudio en vista de la acción. Tal estudio es impulsado a partir del magisterio social de la Iglesia, pontificio y episcopal, y contribuye a su desarrollo. Se orienta, de manera particular, en tres sectores:

 

JUSTICIA. Entran en este ámbito las cuestiones correspondientes a la justicia social, con los problemas específicos del mundo del trabajo; la justicia internacional, con los problemas relativos al desarrollo y su dimensión social. También anima la reflexión, bajo el perfil ético, de la evolución de los sistemas económicos y financieros, y examina la problemática unida a la cuestión ambiental y al uso responsable en la administración de los bienes de la tierra.

 

PAZ. Encargado de reflexionar sobre los problemas relativos a la guerra, al desarme, a los armamentos y al comercio de las armas, a la seguridad internacional y a la violencia bajo sus diversos y cambiantes aspectos (terrorismo, nacionalismo exacerbado, etc.), el Pontificio Consejo fija también su atención en los sistemas políticos y en el compromiso de los católicos en el campo político. Se encarga también de promover la Jornada Mundial de la Paz.

 

DERECHOS DEL HOMBRE. El Pontificio Consejo dedica una atención particular a tal aspecto, que ha asumido una importancia creciente en la misión de la Iglesia. La enseñanza de Juan Pablo II ha puesto especialmente de manifiesto la dignidad de la persona humana como fundamento para la promoción y la defensa de sus derechos inalienables.

 

3.4. Extensión de JUSTICIA Y PAZ

 

Poco después de ser instituida la Pontificia Comisión de JUSTICIA Y PAZ, las Conferencias Episcopales fueron creando Comisiones en los respectivos países (en España, el 27 de noviembre de 1968), e igualmente hicieron muchas Diócesis del mundo. Un poco más tarde comenzaron a crear estas Comisiones îrdenes y Congregaciones religiosas. Siguiendo los pasos del Consejo Pontificio, la misión de estas Comisiones es triple:

á      Iluminar al Pueblo de Dios en lo que se refiere a los problemas de la justicia nacional e internacional, del desarrollo, de los derechos humanos y de la paz.

á      Impulsar y estimular el compromiso de los cristianos y de los ciudadanos en el campo de las actividades político-sociales y cívicas.

á      Promover acciones a favor de la justicia, de los derechos humanos y de la paz, que hagan operativa la contribución de la Iglesia en estos campos

 

4.     Espiritualidad de JUSTICIA Y PAZ

 

JUSTICIA Y PAZ debería ser el ÒsacramentoÓ del encuentro y de la fidelidad de Dios y de la Iglesia al mundo. Para que JUSTICIA Y PAZ cumpla su misión y para que los que trabajamos en ella no seamos unos ÒburócratasÓ, debe estar basada sobre una espiritualidad que conduzca a un estilo de vida y a una metodología de acción.

Por mi experiencia y la de otras personas, considero que es muy importante que el compromiso por la justicia y la paz esté basado en una espiritualidad que le sostenga, pues este tipo de trabajo, debido a la complejidad de estos problemas tan fronterizos y de vanguardia (hay que estar con un pie en la Iglesia y el otro en la sociedad), es un trabajo muy conflictivo, produce mucho cansancio y frustración y lleva a los comprometidos en estos campos a encontrarse frecuentemente en los márgenes de la vida eclesial o de la vida ministerial de las îrdenes o Congregaciones.

 

El 20 de abril de 1967, Pablo VI, en una alocución a la recién nombrada Comisión Pontificia de Justicia y Paz, apuntaba las bases de esa espiritualidad:

      ÒRepresentáis ante nuestros ojos la realización del último voto del Concilio (GS 90). Como en otros tiempos Ðy hoy también- una vez construida la Iglesia, o el campanario, se coloca en la cima del tejado un gallo, como símbolo de vigilancia en la fe y en todo el programa de vida cristiana; de la misma forma, sobre el edificio espiritual del Concilio se ha colocado a este Comité, que no tiene más misión que mantener abiertos los ojos de la Iglesia, el corazón sensible y la mano pronta, para la obra de caridad que está llamada a realizar con el mundoÓ

 

4.1. Ojos abiertos

 

Y también oídos abiertos al mundo para poder estar de veras presente en él. Se trata de estar atentos a la vida, a lo que ocurre, para ver y escuchar los gritos del mundo en el que vivimos, para ver la vida con los ojos de Dios, para darnos cuenta de la acción del Espíritu en nuestro mundo, y para escuchar las llamadas que recibimos desde la realidad a colaborar con esa acción del Espíritu.

Estar atentos, escuchar y ver, al estilo de Dios que está abajo, lo que ocurre en la vida diaria, alrededor nuestro, en los acontecimientos, en la historia...Al Dios cristiano se le encuentra sobre todo en la Palabra Encarnada, Jesús, el Hijo (cf. Heb 1,1-4). Hemos de encontrarlo en y desde el pesebre (cf. Gál 4,4; Rom 1,3; Lc 2,6-7), en y desde el pan compartido, en y desde la cruz (cf. Jn 6; Lc 22,14.20; Jn 13). Y todos sabemos con qué gente andaba fundamentalmente Jesús: los pequeños, los marginados, con aquellos a los que el sistema no les dejaba ni ser, ni tener, ni poder. Es la kénosis de Jesús de la que nos habla la carta a los Filipenses.

En ese estilo de Dios es donde se basa la minoridad franciscana. Esa es la perspectiva franciscana de mirar la realidad, de juzgarla críticamente y de participar en ella: la de los preferidos de Jesús y de Francisco, la de los pobres, aquellos que se encuentran desvalidos e indefensos (cf. CC.GG. OFM 97,2; RFF OFM 143; 162; 180)

 

4.2. Corazón sensible

 

Aquel ver, conocer y saber de la realidad del mundo, del sufrimiento y de los pobres no es algo frío, que se hace desde la distancia o sólo desde el estudio. Para que el conocimiento de la realidad nos mueva a trabajar en su transformación, tiene que afectarnos, tiene que alcanzar lo profundo de nuestra persona, el corazón, y convertirse en compasión. Sólo se sabe lo que se padece, o mejor, lo que se com-padece. Para el cristiano el único conocimiento válido es el que lleva a la compasión; como decía I. Ellacuría, el que lleva a Òencargarse y a cargarÓ con el sufrimiento de la gente.

Pero para mantener el corazón sensible, y para que se avive la compasión, siempre me ha parecido muy necesario estar en contacto con los problemas y con las personas que sufren. El lugar social en el que estamos situados, nuestro habitat y nuestro estilo de vida, pueden condicionar mucho nuestra mirada sobre la realidad, hasta el punto que nos pueden impedir verla haciéndonos merecedores del reproche de Jesús a sus discípulos: ÒÀAún no entendéis ni comprendéis? ÀAcaso tenéis embotado el corazón, pues teniendo ojos no veis y teniendo oídos no entendéis?Ó (Mc 17b-18).

Los franciscanos sabemos claramente por Francisco y por nuestras CC.GG. cuál es nuestro lugar social y nuestro camino para vivir la compasión: Estamos llamados a Òvivir como menores entre los pobres y débilesÓ (1R 9,2; cf. CC.GGOFM 66,1; 97,1), padeciendo las consecuencias de esa solidaridad que a veces serán la incomprensión y la cruz (cf. CC.GG. OFM 99).

 

4.3. ÒMano pronta para la obra de caridad que la Iglesia está llamada a

realizar en el mundoÓ

 

            La caridad es el amor de Dios que hay que hacer presente en el mundo. La acogida y la experiencia del Dios que es amor nos lleva a poner en el centro de nuestra vida cristiana el amor a Dios y a los hombres. Como recordamos más arriba, el amor al prójimo es la señal del amor a Dios. Pero la caridad o el amor, entendido como la relación de fraternidad y solidaridad entre las personas que intenta que el ÒotroÓ o los ÒotrosÓ sean más, posean más vida y la tengan cada vez más en plenitud, tiene diversas manifestaciones según sea el tipo de relaciones que se establezcan entre las personas: relaciones de familia, matrimonio, amistad, ayuda individual de tipo psicológico, económico, etc. Una de esas formas de relación es la estructural o política.

            Los Obispos españoles en un estupendo documento de 1986, ÒLos católicos en la vida públicaÓ, nos hablaban de este amor o caridad política:

ÒLa vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aún política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo entero de la vida cristiana.

Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualiza en la prosecución del bien común de la sociedad.Ó (CVP, 60)

(Por caridad política) ÒSe trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobresÓ (CVP, 61).

 

            L. González-Carvajal explica así la caridad política:

ÒEn efecto, yo puedo acercarme al otro para ayudarle directamente, a través de una presencia inmediata. Así aparece el prójimo en la parábola del buen samaritano. Pero también puedo hacerle bien sin necesidad de cercanía física e incluso sin tener siquiera noticia de su existencia particular. Basta comprometerse en la dignificación de los diversos colectivos sociales a los que pertenece: llego a los jubilados, a través del sistema de pensiones públicas, a las empleadas de hogar a través de un convenio colectivo que proteja sus derechos, a los emigrantes extranjeros a través de la legislación, etc. Casos todos ellos en que, permaneciendo para mí anónimos los individuos concretos, les hago objeto de mi amor y de mi solicitudÓ[3]

 

            Yo añadiría que muchas personas amábamos a nuestros prójimos sudafricanos cuando en los últimos años 80 trabajábamos en contra del apartheid, o cuando hace dos años, con cerca de mil ONGs en el mundo pedíamos a nuestros Gobiernos la firma del Convenio de Ottawa para la desaparición de las minas antipersonales que han destrozado a tantos miles de personas, o cuando colaboramos con Amnistía Internacional escribiendo a las autoridades de países donde no se respetan los derechos humanos pidiendo la liberación de presos de conciencia, o cuando nos unimos a la campaña por la condonación de la deuda externa de los países pobres...Juan Pablo II ha repetido en varias ocasiones (siguiendo a PP 47) que la parábola del rico y del pobre Lázaro hay que aplicarla a las relaciones Norte-Sur (cf. SRS 33g).

            Es precisamente este tipo de amor o de caridad política el que JUSTICIA Y PAZ está llamada a promover.

            Por tanto, mano pronta para una acción transformadora de las Òestructuras de pecadoÓ (cf. SRS 36», 36b, 36c, 36f, 37c, 37d, 38f, 39g, 40d, 46e) que oprimen y deterioran la existencia de tantos seres humanos.

 

5.     Método de trabajo de JUSTICIA Y PAZ

 

El método de trabajo sigue prácticamente el esquema del ver, juzgar y actuar. Todas las actividades que realiza se pueden situar en alguno de esos tres momentos.

a) Ver: escuchar y analizar la realidad. Ya hablamos antes de la atención y la escucha de la realidad. Es necesario también saber analizar la realidad para conocer las causas y las dimensiones de los problemas.

 

b) Juzgar: estudiar esas realidades a la luz del Evangelio, de la Doctrina Social de la Iglesia, y, en nuestro caso, de la espiritualidad franciscana. Pero teniendo muy en cuenta también las ciencias sociales. Ese estudio y reflexión está en función de sugerir y estimular a la acción a los miembros de la comunidad cristiana.

 

c) Actuar: Hacer propuestas de acción. Una acción que no sean actividades dispersas e inconexas, sino que responda a unos objetivos transformadores de la realidad y evangelizadores.

 

6.            Los valores de la justicia y la paz en las Constituciones Generales OFM

 

            La OFM ha seguido un proceso parecido al de toda la Iglesia universal en la asunción de las causas de la justicia, la paz, los derechos humanos, el desarme, la ecología,[4]que ha quedado plasmado en las actuales Constituciones Generales (CC.GG.) OFM. Efectivamente éstas se han elaborado sobre dos referencias básicas: Francisco y su proyecto de vida, y el contexto socioeclesial actual y sus exigencias.

            La experiencia y el proyecto de vida de Francisco de Asís aportan muchos sobre estos temas, de modo que han influido grandemente, como no podía ser menos, en la reflexión y en las opciones y compromisos de tantos hermanos a lo largo de estos ocho siglos. Tenemos, en efecto, una Òrica tradición que forma parte de nuestro carismaÓ.[5] La visión de fondo franciscana subraya la Òrelación fraterna de todos los seres de la creaciónÓ, que Òtodos los seres existen en Dios y que todos están llamados a la fraternidad universalÓ[6], y por eso Òno basta con estar-en-el-mundo. Estamos llamados a con-vivir y compartir, en una línea de comunión, de participación y de fraternidad universalÓ[7].

 

            Pero a esa visión, las CC.GG. le han sumado el análisis de la realidad desde la racionalidad crítica, es decir la comprensión que en nuestra cultura actual tenemos del carácter estructural de los hechos sociales, y también la comprensión teológica de la dimensión social y política de la caridad y del carácter histórico de la salvación. De ese modo las CC.GG. han hecho una relectura actual de nuestra vocación y misión. Veamos cómo indican que debe ser el compromiso de los hermanos a favor de la justicia y la paz.

                  . El artículo 1 de las CC.GG., que recoge los elementos constitutivos de la vida franciscana, en el 2¼ párrafo enumera las dimensiones, opciones o valores esenciales de nuestro carisma, que van a ser una especie de índice de materias de las Constituciones.:

ÒLos hermanos, seguidores de S. Francisco, están obligados a llevar una vida radicalmente evangélica en espíritu de oración y devoción y en comunión fraterna; a dar testimonio de penitencia y minoridad; y, abrazando en la caridad a todos los hombres, a anunciar el Evangelio al mundo entero y a predicar con las obras la reconciliación, la paz y la justiciaÓ

Esa dimensión subrayada de nuestra vocación, como las otras, es transversal, es decir, matiza todos los capítulos de las Constituciones., pero aparece especialmente explicitada en los capítulos IV y V, los dedicados a la minoridad y a la evangelización.

 

6.1. Respecto a la justicia

 

á      La palabra justicia no es de las más propias de nuestro vocabulario franciscano. Entre nosotros tiene mucho más peso, ante el drama (y la injusticia) de la pobreza de tantos millones de seres humanos, lo que en la Iglesia se llama hoy la Òopción por los pobresÓ

á      Esa opción por los pobres aparece en nuestras CC.GG. especialmente como inserción, como nos dicen en el art. 66,1:ÒPara seguir más de cerca y reflejar con mayor claridad el anonadamiento del Salvador, adopten los hermanos la vida y condición de los pequeños de la sociedad, morando siempre entre ellos como menores; y en esa condición social contribuyan al advenimiento del Reino de DiosÓ

á      Esa opción por los pobres, al ser consecuencia del modo de actuar de Dios y de nuestro seguimiento de Cristo, es un imperativo para todos los hermanos: ÒA ejemplo de S. Francisco, a quien Dios condujo entre los leprosos, todos y cada uno de los hermanos tomen opción a favor de los ÔmarginadosÕ, de los pobres y oprimidos, de los afligidos y enfermos, y, gozosos de convivir entre ellos, trátenlos con misericordiaÓ (CC.GG. 97,1)

á      Desde esa configuración espiritual y social podremos ser Òtestimonio profético contra los Ôfalsos valoresÕ de nuestro tiempoÓ (CC.GG. 67) y contribuir al advenimiento del Reino de Dios (cf. CC.GG. 66,1)

á      Viviendo entre los pobres aprendemos de ellos (cf. CC.GG. 93,1), y observamos los acontecimientos y leemos la realidad desde ellos (cf. CC.GG. 97,2). Así es como verdaderamente les podremos servir y podremos contribuir a que tomen mayor conciencia de su dignidad y la protejan y acrecienten (cf. CC.GG. 97,2).

á      Desde esa comunión con ellos estamos también llamados a defender sus derechos y a denunciar todo lo que les sea lesivo (cf. CC.GG. 69,1 y 2; 97,2)

(Este aspecto de defensa y reivindicación de derechos es de los más nuevos dentro de nuestra tradición, y parecería que se contradice con nuestra minoridad, con la dinámica de las Bienaventuranzas que lleva a compartir y a sufrir la injusticia con los más pobres. Pero no es así. Como dice J. Garrido, cuando se ha asumido voluntariamente la condición de los sin derecho y no se necesita reivindicar nada para sí, es cuando se está libres para promociones de liberación, sin que interfieran otras motivaciones.[8]).

á      Esa reivindicación de derechos hay que hacerla desde la minoridad, vigilando toda tentación de poder, y desde la no-violencia (cf. CC.GG. 69,1), evitando incluso el despreciar y juzgar a grandes, poderosos y ricos (cf. CC.GG. 98,1).

á      ÒTambién en el seno de la Iglesia y de la Orden han de trabajar los hermanos con humildad y entereza para que los derechos y la dignidad humana de todos se vean respetados y garantizadosÓ (CC.GG. 96,3)

á      A Òlos hombres que amenazan la vida y la libertadÓ hay que Òofrecerles el buen anuncio de la reconciliación y la conversiónÓ (CC.GG. 98,2)

 

6.2. Respecto a la paz

 

            La tarea de anunciar y promover la paz tiene en las CC.GG. las siguientes características:

 

á      Todos los hermanos han de ser artífices de paz (cf. CC.GG. 68)

á      Para ser pacificadores es indispensable que los hermanos sean pacíficos, desde actitudes de minoridad (cf. CC.GG. 68,2)

á      La fuerza de la acción pacificadora de los menores parte de su testimonio de vida; por ello se insiste en que el anuncio de la paz y la justicia se haga ante todo con las obras (cf. CC.GG. 1,2), que se fomente la paz en el trato mutuo de los hermanos (cf. CC.GG. 39) y que seamos justos con las personas que trabajan para la Fraternidad (cf. CC.GG. 80,2).

á      En la tarea evangelizadora es prioritario el anuncio de la paz (cf. CC.GG. 68,2; 85)

á      Para la edificación del Reino de Dios, además de anunciar la paz, los hermanos tienen que denunciar Òtoda clase de acción bélica, y toda carrera de armamentos como azote gravísimo para el mundo y sumamente lesivo para los pobresÓ (CC.GG. 69,2)

á      La promoción de la justicia y la paz exige colaborar con Òlos hombres de buena voluntadÓ en la construcción de una sociedad más justa y digna (cf. CC.GG. 96-98)

á      En la instauración de la paz, los hermanos menores tienen una misión específica como Òinstrumentos de reconciliaciónÓ (cf. CC.GG. 1,2; 33,1; 70; 98,2)

á      El ser Hermanos Menores lleva consigo que en el trabajo por la paz sigamos el camino de la no-violencia (cf. CC.GG. 68,2; 69,1; 98,1).

á      A la tarea de reconciliación y fraternización pertenece también el respeto y cuidado de la naturaleza, Òamenazada en todas partesÓ (CC.GG. 71)

 

7. Estructuras de JUSTICIA Y PAZ en la OFM

 

También en nuestra Orden, como en la Iglesia universal, se vio la necesidad de crear un organismo que promoviera hacia dentro y hacia fuera de la misma estos valores. Así, el Definitorio General, conforme a las decisiones del Capítulo General de 1979 constituyó en 1981 la ÒComisión de Justicia y PazÓ, que después, en 1985, los Estatutos Generales de la Orden llamarían Oficio u Oficina de Justicia y Paz (Art. 120, 1).

            Poco después se empezaron a crear Comisiones en bastantes Provincias de todo el mundo. El Consejo Plenario de Bahía (1983) supuso un gran impulso a la creación de Comisiones en todas las Provincias de la Orden así como a la formación de equipos en las Conferencias.

            En este apartado describiré brevemente las estructuras de ÒJusticia y Paz (en el Capítulo General de 1991 se añadió: ....y Salvaguardia de la CreaciónÓ ÐJPSC-) en la Orden.

 

a)    Oficina Internacional de JPSC de la Curia General

La forman un Director, un Vice-director y algún ayudante.

Su función es Òasistir al Ministro General y al Definitorio en cuestiones relacionadas con la justicia, la paz y la salvaguarda de la Creación en conformidad con las decisiones de los Capítulos Generales y los Consejos Plenarios para mantener el espíritu de las Constituciones y Estatutos GeneralesÓ.

La Oficina Internacional realiza tareas de animación y coordinación para toda la Orden de las decisiones del Definitorio General sobre estos campos. Ha promovido iniciativas en las Conferencias para apoyar a los hermanos y hermanas que sufren a causa de su fe, o de sus actividades en favor de la justicia, la paz y la salvaguardia de la creación. Iniciativas a favor de los frailes presos en Checoslovaquia (1986), frailes y hermanas de Bosnia (1992), franciscanos de Ruanda (1994), frailes que trabajan con los Òsin tierraÓ del Brasil (1996) y franciscanos implicados en el trabajo por los derechos humanos en Colombia (1997-1999). La Oficina colabora con organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, promueve campañas de envíos de cartas, ha intervenido en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (Ginebra). Dentro de la propia Orden hay un tema que interesa mucho: la inclusión de estos valores en la formación inicial y permanente y en las tareas de evangelización, para lo cual se está preparando un Manual o Subsidio de JPSC.

 

b)    Consejo Internacional de JPSC

ÒEl Consejo Internacional de JPSC de los Hermanos Menores es un grupo de consulta constituido por el Definitorio General con el fin de ayudar al Director de la Oficina de JPSC, al Definitorio General y a las Conferencias en el compromiso de concienciar, animar e implicar a la Orden en el área de JPSCÓ.

Está formado por los miembros de la Oficina Internacional y del Comité Ejecutivo más un Delegado de cada una de las 15 Conferencias de la Orden.

La Asamblea de este Consejo es convocada por el Director de la Oficina Internacional una vez cada dos años.

 

c)     Comité Ejecutivo del Consejo Internacional de JPSC

ÒEl Comité Ejecutivo del Consejo Internacional de JPSC es nombrado por el Ministro General después de haber consultado su Definitorio. Sus miembros son: El Director da la Oficina de Justicia y Paz, quien es su Presidente, juntamente con el Vice-director y al menos cuatro miembros designados por el Ministro GeneralÓ (Estatutos del Consejo Internacional, art. 5,1)

Entre las tareas del Comité Ejecutivo las más importantes son: ayudar al Director de la Oficina en la implementación de los proyectos y propuestas hechas en la Asamblea del Consejo Internacional y aprobados por el Definitorio General. Y proponer y apoyar iniciativas nuevas en el área de justicia y paz. (Estatutos del Consejo Internacional, art. 6). Se reunen tres veces al año.

 

 

 

d)    Equipos o Comisiones de las Conferencias

Son el resultado del desarrollo del artículo 114 de nuestras CC.GG. y del art. 179 de los EE.GG. Están formados por los delegados de JPSC de cada una de las Provincias y entidades de la Conferencia. Suelen tener (y es conveniente que tengan) unos estatutos que describan claramente quiénes son los miembros, las tareas encomendadas, el funcionamiento económico y la relación entre la Comisión y la Conferencia de Ministros Provinciales.

En cada Conferencia se trabaja sobre los problemas propios de su área geográfica, además de los que propone el Consejo Internacional.

 

e)    Equipos o Comisiones Provinciales

Los forman el Delegado Provincial y algunos hermanos más que tienen como misión la animación, promoción y desarrollo, en cada una de las Fraternidades de su demarcación, de los valores de justicia, paz y salvaguardia de la creación según el carisma franciscano.

 

9. JPSC en la Conferencia Hispano-Portuguesa OFM (CONFRES)

 

En a Conferencia Hispano-Portuguesa OFM, aunque existe un Delegado de JPSC desde 1984, sin embargo, hasta abril de 1996, no se constituyó una Comisión de JPSC formada por los Delegados de cada una de las entidades de la Conferencia. La funciones y tareas de esta Comisión son las siguientes:

 

a)     Fomentar la colaboración interprovincial y la participación de las Provincias en el campo de la justicia, la paz y la salvaguardia de la creación con proyectos comunes,

b)    Promover las profundización de estos campos entre los hermanos encargados de la animación de JPSC en las Provincias.

c)     Mentalizar a los hermanos de cada Provincia sobre la importancia de la opción por los pobres y el trabajo por la justicia y la paz a la hora de vivir nuestra vocación franciscana y evangelizadora.

d)    Hacer propuestas y reflexionar conjuntamente para avivar las conciencias de los hermanos y Provincias en este campo.

e)     Fomentar el interés y la preocupación por estas realidades en nuestras fraternidades, parroquias y colegios mediante cursillos, estudios, materiales informativos, catequéticos y litúrgicos, campañas de solidaridad y otras actividades.

f)     Coordinarse con la Oficina de JPSC de la Curia General y el Consejo Internacional de JPSC de la Orden.

g)     Relacionarnos y colaborar con la Comisión Interfranciscana de JPSC de España y con instituciones no franciscanas que trabajan en estos ámbitos.

 

10. Perspectivas de futuro de JPSC en la Orden

 

            Es mucho lo que se ha avanzado en la Orden en la vivencia y en el compromiso a favor de estos valores, pero también es verdad que nos queda mucho por hacer. Sugiero algunos campos en los que debemos continuar avanzando:

 

á      Para que podamos afrontar los desafíos del presente y del futuro hemos de comenzar por revisarnos a nosotros mismos. Todavía hay muchos hermanos que se resisten a plantearse estos temas. El gran desconocimiento que existe de la Doctrina Social de la Iglesia no permite comprender la dimensión política de la existencia humana y de la fe cristiana y lleva a mirar estos campos con sospecha. En consecuencia existe bastante carencia de contenidos sociales en la predicación habitual y en la catequesis y enseñanza religiosas. Y, evidentemente, falta de compromiso social

á      Analizar el uso que hacemos del dinero, en qué lugares y negocios los tenemos invertido. Nuestro objetivo único no puede ser percibir más intereses. Tenemos que saber qué hacen con nuestro dinero y evitar que bancos y empresas lo empleen en actuaciones faltas de ética.

á      Otro campo de revisión y mejora es la participación de los seglares en la vida de nuestras parroquias; el respeto de sus derechos, reconocidos en la legislación de la Iglesia, no siempre son tenidos en cuenta.

á      En el terreno pastoral, necesitamos reflexionar, para actuar en consecuencia, sobre el qué y el por qué de la pastoral social, campos que abarca, modos de implicarnos e implicar a los seglares, etc.

á      Si queremos avanzar en el futuro es muy necesario que se estudie en todos los niveles de la Orden como insertar estos valores de la justicia y la paz en los planes de la formación inicial.

á      Un campo concreto que hasta ahora ha estado poco presente en nuestras preocupaciones es el de la Òjusticia medioambientalÓ, nombre que designa un tipo de ecología no romántica sino conectado con los problemas de la pobreza, del desarrollo, de la carrera de armamentos..

á      Por último, en esta época de globalización, tenemos que avanzar en la colaboración interfranciscana en estos campos. Estoy de acuerdo con Fr. Hermann SchalŸck en que sería importante consolidar y asumir, por parte de toda la Familia Franciscana, la ONG en las Naciones Unidas ÒFranciscans InternationalÓ (= Familia Franciscana Internacional). ÒUna organización no gubernamental franciscana asumida solidariamente por la entera Familia Franciscana sería una voz creíble y perceptible de Francisco y de Clara en el mundo de hoyÓ[9]

 

 

 

Vicente Felipe, ofm

 



[1] Cf. J.M» DêEZ ALEGRêA, ÁYo creo en la esperanza!, Desclée de Brouwer, Bilbao 1972, pp. 56-88

[2] J. LOIS, Fundamentación bíblico teológica del compromiso por la justicia y la paz, en AA.VV., El compromiso franciscano por la justicia y la paz, XXV Semana Interprovincial de CONFRES, Madrid 1997, p. 11.

[3] L. GONZçLEZ-CARVAJAL, Fieles a la tierra. Curso breve de moral social, Edice, Madrid 1995, p. 127

[4] En los Capítulos Generales y en los Consejos PlenariosOFM celebrados después de las CC.GG. de 1967 ha habido una abundante reflexión sobre nuestra vocación como constructores de justicia y de paz: Cap. Gen. Medellín (1971): ÒLa Formación de los Hermanos MenoresÓ ns. 7, 8, 10, 11, 26, 52 y 53; ÒLas Misiones de la Orden FranciscanaÓ, cap. V; Cap. Gen. de Madrid (1973): ÒLa vocación de la Orden, hoyÓ, cap. VII; Cap. Gen. de 1979, Prioridad 6»; Cons. Plen. de Bahía (1983): ÒEl Evangelio nos desafíaÓ caps. 3 y 4; Cap. Gen. de 1985: ÒNuestra llamada a la Evangelización. Propuestas para la AcciónÓ, n. 23; Cons. Plen. de Bangalore (1988): ÒMinistros de la Palabra...Servidores de todosÓ, ns. 33-44; Cap. Gen. de San Diego (1991): ÒLa Orden y la evangelización hoyÓ, n. 27); Cap. Gen. de 1997: ÒDe la memoria a la profecíaÓ, ns. 7 y 8.

[5] H. SCHAL†CK, Llenar la tierra con el evangelio de Cristo, n. 161

[6] H. SCHAL†CK, o.c., n. 160

[7] IDEM, n.161

[8] Cf. J. GARRIDO, La forma de vida franciscana, ayer y hoy, Aránzazu 1985, pp. 116-120

[9] H. SCHAL†CK, Muchos colores, un solo arco iris. Solidaridad franciscana en tiempos de globalización: SELECCIONES DE FRANCISCANISMO 82 (1999) 91